Hojas
de la espinaca, planta herbácea de la familia de las Quenopodiáceas.
Su
origen se sitúa en Asia Menor y es muy probable que los árabes
la conocieran en Persia y la trajeran a Europa hacia el final
de la Edad Media. En el Anónimo Toscano del siglo XIII, uno
de los primeros libros de cocina que se conocen, aparece una
receta de espinacas. Su popularidad fue en aumento a partir
del siglo XIX.
El
valor nutritivo de las espinacas radica en su alto contenido
en vitaminas y minerales. En concreto, este alimento aporta
una gran cantidad de ácido fólico y de vitamina C, y cantidades
inferiores de vitamina E, B6, niacina, tiamina.
La
deficiencia en ácido fólico puede producir anemia megaloblástica,
y se asocia con un aumento del riesgo de sufrir enfermedades
cardiovasculares, procesos cancerígenos y malformaciones congénitas
fetales (defectos del tubo neural como espína bífida, problemas
cardiacos, labio leporino, etc.). También se ha relacionado
la carencia en esta vitamina con alteraciones en el crecimiento,
y con una peor función mental.
Las
espinacas también aportan cantidades importantes de beta-carotenos,
compuestos que además de transformarse en vitamina A en nuestro
organismo (provitamina A), desempeñan acciones antioxidantes
y estimuladoras del sistema inmune, por lo que su ingesta elevada
se ha relacionado con un menor riesgo de cáncer y enfermedad
cardiovascular.
Asímismo,
contienen gran cantidad de otros carotenoides sin actividad
provitamínica A como la luteína y la zeaxantina, que se encuentran
en el cristalino humano y la retina, concretamente en la mácula
(zona de mayor agudeza visual) cuya degeneración es la causa
principal de ceguera en la edad avanzada. Así, diversos estudios
epidemiológicos han mostrado una asociación inversa entre los
elevados niveles de ingesta/concentraciones en sangre de estos
carotenoides y el riesgo de degeneración macular senil. De hecho,
luteína y zeaxantina (referidos como pigmento macular) pueden
prevenir el daño oxidativo inducido por la luz en la retina
y por tanto proteger frente al deterioro asociado a la edad.
Por otro lado, los niveles de estos compuestos también se han
relacionado inversamente con la densidad (opacidad) del cristalino,
y por tanto con un menor riesgo de cataratas. De esta manera,
algunos autores han indicado que el consumo habitual de espinacas
resulta beneficioso en la conservación de la agudeza visual
y previene el desarrollo de cataratas.
En
cuanto a los minerales, cabe destacar la elevada proporción
de magnesio y hierro. En relación a este último, es preciso
aclarar que este mineral se encuentra en la espinaca (al igual
que en los demás alimentos de origen vegetal) en forma de ´hierro
no hemo´ el cual se absorbe con mayor dificultad que la forma
´hemo´ existente en la carne y demás productos animales. No
obstante, algunos factores dietéticos como la vitamina C mejoran
notablemente la absorción del hierro contenido en la espinaca,
al administrarse de forma simultánea.
Las
espinacas contienen también otros compuestos bioactivos que
participan en importantes funciones en el organismo como glutation,
ácido ferúlico, que ha demostrado ser el antioxidante más efectivo
frente a la oxidación de la fracción LDL-colesterol (mecanismo
implicado en el desarrollo de la enfermedad cardiovascular),
ácido cafeico y ácido beta-cumárico.
Además,
aportan una cantidad apreciable de fibra (soluble e insoluble),
que favorece el transito intestinal, y previene el cáncer de
colon y la enfermedad cardiovascular.
Por
otra parte, algunos estudios llevados a cabo en animales han
comprobado que las proteínas de la espinaca son capaces de impedir
la absorción intestinal del colesterol y de los ácidos biliares,
por lo que su consumo también podría contribuir a reducir el
nivel de colesterol en sangre.
En
relación con este alimento, es preciso tener en cuenta que las
personas con tendencia a la formación de cálculos renales de
oxalato, deben moderar su consumo, dado su alto contenido en
estos compuestos (oxalatos).
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